En medio del océano Pacífico, formando parte del triángulo polinesio, se extienden 116 islas que emergen como burbujas de las profundidades. Se trata de la Polinesia Francesa. Su mismo nombre evoca paisajes idílicos, playas remotas, aguas cristalinas, sonidos de ukelele y la calidez de sus gentes. Polinesia es de aquellos lugares que aceleran el pulso a cualquiera.

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Después de casi 24 horas de viaje, entre escalas y esperas, y con gran cansancio acumulado, aterricé en Papeete. Nada más pisar el aeropuerto me di cuenta de que estaba en la Polinesia Francesa. ¡Por fin había llegado!

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Lo primero que sentí en tierras polinesias fueron los olores: aromas tropicales de tiare, flor de tipanier, coco, que junto con la brisa del mar, me dieron la bienvenida.

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La aventura empezó en la isla de Tahiti. Tras un recorrido, nos alejamos de la bulliciosa capital, Papeete, para llegar al corazón de la isla en un 4×4. Los paisajes van cambiando progresivamente hasta encontrarnos con montañas, laderas, ríos y cascadas. Una vegetación exuberante que nunca imaginarías en Polinesia. Ahí nuestro insider nos contó las costumbres y tradiciones de los antiguos polinesios, y cómo encontraban cualquier cosa que necesitaban en la naturaleza.

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Lo mejor sin duda fue la comida que nos había preparado. Un manjar exquisito a base de producto local y fresco. ¡Poisson cru regado en leche de coco recién exprimida!!

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Después, tras un corto vuelo a Raiatea y un agradable paseo en lancha, llegamos a la isla de Taha’a. Taha’a es conocida como la isla de la vainilla, y es que el rico aroma de esta vaina es parte del ambiente. En este pequeño motu se encuentra el hotel Relais & Châteaux Le Taha’a Private Island, un hotel de estilo polinesio, rústico y donde el objetivo es experimentar la vida tradicional de los tahitianos. La isla es especialmente tranquila, ofreciendo una autenticidad difícil de encontrar en otros lugares.

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Le Taha’a cuenta con un maravilloso jardín de coral con multitud de peces de colores a poca distancia. Dejarse llevar por la corriente mientras observas la vida que hay allí debajo es sencillamente alucinante.

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Durante mi estancia en este motu visitamos una granja de perlas gestionada por una familia que lleva en el negocio más de cuatro generaciones. La calidad de las perlas es asombrosa, y más descubrir cómo consiguen auténticas maravillas tras un largo período de tiempo y siempre respetando el ecosistema.

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También pudimos navegar a bordo de un prao, una embarcación tradicional polinesia en la que, gracias a su estructura de redes, puedes disfrutar de la navegación estando muy cerca del agua, ideal para ver los peces y mantas. Le Taha’a Private Island también cuenta con un helipuerto, con lo que se puede llegar desde Bora Bora en un vuelo de tan sólo 10 minutos.

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Tuvimos la ocasión de visitar la isla de Raiatea, que comparte la misma barrera de coral que Taha’a. Raiatea es una isla sagrada y muy energética, es la cuna de la cultura polinesia, y en ella se encuentra el Marae de Taputapuatea, recientemente declarado Patrimonio Mundial de la Unesco. Un templo sagrado conocido por ser el lugar donde el mundo de los vivos se cruza con el de nuestros ancestros.

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Nuestra siguiente parada: Bora Bora, la perla del pacífico. Bora Bora no puede faltar en un viaje a la Polinesia Francesa, y es que cuando estás llegando a Bora Bora, y desde tu ventana de la avioneta divisas esta maravilla de la naturaleza, cuesta creer que sea real. Una de las cosas que más impresiona en esta isla son los colores. Toda la gama de azules que puedas llegar a imaginar están en Bora Bora; parece casi ciencia ficción que la naturaleza haya podido crear semejante belleza.

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Sobrevolar el majestuoso monte Otemanu en helicóptero, observar la laguna y el océano desde el aire, es una experiencia única. Pocos sitios en el mundo pueden ofrecer tal espectáculo natural.

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Uno de los momentos cúlmine que me quedará grabado para siempre fue nadar entre tiburones y rayas. Impresiona más desde fuera que cuando estás en el agua, ya que los tiburones limón o de aleta negra son criaturas tranquilas y apacibles, y las rayas te acarician en busca de comida. ¡Gracias a nuestro capitán tuvimos la suerte de avistar tres mantas rayas! Sin pensarlo un segundo me lancé al agua y nadé con ellas, admirando su elegante balanceo en las profundidades de la laguna.

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Otro de los momentos que hipnotizan son los atardeceres, es algo mágico que te paraliza y no puedes dejar de admirar cómo la luz, junto con las nubes, crea auténticas obras de arte cromáticas. La presencia del imponente monte Otemanu cambiando de color, el olor del mar, la agradable brisa a bordo de un catamarán con toda la laguna para nosotros solos, hizo que la magia propia del momento aún se intensificara más.

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Y cuando piensas que ya no puede haber nada más bonito, que tus ojos ya no pueden asimilar más belleza, ¡llegas a The Brando! La que fuera la propiedad más querida de Marlon Brando, es hoy un resort como pocos hay en el mundo. The Brando se encuentra en el precioso atolón de Tetiaroa, en el único motu habitado de los doce que lo componen. El resort es sencillamente incomparable; cuando te aproximas en la avioneta se te eriza la piel y ya presientes que te espera una estancia muy especial.

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No sorprende que Marlon Brando se enamorara de esta isla durante el rodaje de Rebelión a bordo, y es que si Dios fue generoso con la Polinesia, lo fue especialmente con Tetiaroa. The Brando aúna la combinación perfecta: exclusivas villas, todas con piscina, servicio exquisito, alta gastronomía de la mano del chef Guy Martin (galardonado con tres estrellas Michelin por su restaurante Le Grand Véfour de Paris), paraíso natural y ecología sostenible. Se respira una paz genuina.

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Lo que más me cautivó de The Brando es su compromiso con el entorno y el objetivo de cumplir los deseos del actor en preservar el ecosistema y velar por la conservación de la flora y fauna del atolón. Cuenta con sistemas de aire acondicionado que funcionan con el agua de mar, desalinizadoras para convertirla en agua potable, paneles solares para cubrir las necesidades energéticas y un grupo electrógeno que funciona con aceite de coco. Además, The Brando está asociado con la Tetiaroa Society, una ONG enfocada en preservar la sostenibilidad de la isla a través de programas basados en la conservación, investigación, educación y programas guiados para los huéspedes del resort.

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Es un turismo activo de lujo sostenible y allí uno se siente parte del proyecto. Puedes saber más sobre la investigación, observar crías de tiburón limón de cerca, admirar el banco de caballitos de mar, ver cómo la comunidad de tortugas marinas ha vuelto a establecerse en Tetiaroa después de un largo tiempo, descubrir especies de aves que nunca jamás habías visto…

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Cuesta expresar con palabras la belleza tan especial de esta isla, y lo que te aporta. Es algo energético, una conexión entre la naturaleza y tú que se tiene que vivir. Y así llegó la hora de decir adiós a The Brando y a la Polinesia.

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Por un momento, parece que todo ha sido un sueño, pero no, nada más lejos de la pura realidad. ¡Y es que cuando regresas te das cuenta de que Polinesia te ha llegado a lo más profundo del corazón!

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El pintor francés Paul Gauguin se embarcó en 1891 hacia la Polinesia tratando de huir de la civilización europea y de todo lo artificial y convencional. Seducido por los paisajes, la naturaleza y las gentes de las islas, decidió pasar allí el resto de su vida.

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