Myanmar es un lugar que me marcó muchísimo por la manera que tienen sus habitantes de vivir la religión. Se trata de un pueblo muy pobre pero que invierte todo lo que tiene en ahorrar para comprar láminas de oro y ponérselas al Buda, en los templos. De este modo agradecen la abundancia que tienen en su vida. Hay tantas personas que cubren las estatuas de Buda con pan de oro, ¡que hay figuras que pierden la forma por la cantidad de oro que tienen encima!

travel story myanmar
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Myanmar es un país muy grande en el que podríamos perdernos durante un mes. Sin embargo hay cuatro zonas que en mi opinión son imprescindibles.

Yangon merece una visita por su increíble pagoda dorada. Entrar en ella es adentrarse en un mundo completamente zen, un oasis dentro de una urbe de lo más caótica, como cualquier otra ciudad asiática. El ambiente cambia muchísimo entre el día y la noche. De hecho, una experiencia muy recomendable es visitar la pagoda durante la puesta de sol, para admirar los colores y los diferentes tonos que adquiere el oro bajo los cálidos rayos del sol poniente, envuelto por los rezos y cánticos de los lugareños.

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Uno no puede viajar a Myanmar y no visitar Bagan: una gran llanura verde recubierta por una infinidad de pagodas que se extiende hasta perderse de vista. Estos templos de culto que datan del siglo X al XII se construyeron como símbolo de la riqueza del reino de Pagan. Cada uno de los monarcas expresó su poder construyendo pagodas, estupas y monasterios; Bagan es el resultado de años y años de reinado. Muchas de las construcciones hoy en día están derruidas, pero sigue siendo un espectáculo impresionante. Además, es uno de los lugares más bonitos del planeta para sobrevolar en globo.

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Para algunos, Mandalay es una parada prescindible en Myanmar. Para mí, es una parada obligatoria, y probablemente mi preferida. A orillas del río Ayeyarwady, Mandalay contrasta con la sequía de Bagan. Hay más movimiento, más comercio, y podemos ver a los agricultores trabajando en los alrededores.

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Mandalay es famosa por el puente U Bein, de madera de teca y de más de 1 km de distancia. Os recomiendo recorrerlo por completo, preferiblemente durante la puesta de sol, cuando adquiere una tonalidad onírica.

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Uno de los lugares más hermosos es el templo blanco de Hsinbyume. Vale la pena seguir descalzo el camino que lleva de la entrada a la cima de la pagoda, mezclándote entre los monjes, admirando el contraste entre la estructura blanca y las túnicas rojas de los monjes sobre el cielo azul. Desde luego es un lugar diferente a todos lo demás.

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También hay que visitar el monasterio de teca de Shwenandaw para admirar el delicado trabajo de artesanía, bien conservado a pesar del paso de los años. Aún hoy en día se pueden escuchar las plegarias en sánscrito de monjes novicios y otros más experimentados. Asistir a una de sus plegarias me marcó profundamente; rodeada por la vibración de las voces de los monjes al unísono, sintonicé con el cántico y sentí cómo me transportaba a otra dimensión. Fue sin duda una de las experiencia espiritual más intensas que he vivido.

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En Mandalay también pude apreciar lo poco que realmente necesita el ser humano para ser feliz. Estando allí visité una aldea muy pobre pero donde los habitantes estaban realmente en paz con su vida. Eso se debe a su filosofía de vida budista: no aferrarse a sentimientos extremos, ya sean de felicidad como de tristeza, porque los sentimientos extremos siempre llevan a la insatisfacción. Para ello, los birmanos buscan el equilibrio para encontrar la paz interior y nunca muestran emociones extremas más allá del agradecimiento.

Al no aferrarse a lo material, se sienten muy felices de compartir su arroz contigo, por ejemplo. Desde el primer momento te acogen en su comunidad, para que vivas y hagas lo mismo que ellos. Dentro de ese entorno pude asistir a una ceremonia en un día lluvioso. Los aldeanos llevaban las ofrendas que habían preparado durante toda la semana (fruta, dulces, etc.) y junto a ellos, tanto recién nacidos como ancianos, seguí la procesión desde la aldea hasta el templo más cercano, donde colocaron sus ofrendas al pie de Buda. Una vez entregadas las ofrendas empezó la celebración, con cantos y bailes bajo la lluvia, descalzos en el barro. Fue un momento de comunión muy mágico. En ese instante me sentí parte de la comunidad y me di cuenta de lo poco que importaba la lluvia. Allí, el agua es una bendición más de la naturaleza.

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La última parada que os recomiendo en Myanmar es el lago Inle, un lugar muy tradicional donde todavía no ha llegado la tecnología. Allí todo es artesano, y el comercio se realiza como lo llevan haciendo desde hace siglos. Todavía conservan el método de pesca tradicional, una técnica muy característica que consiste en manejar una red con el pie.

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En el lago Inle toda la vida se desarrolla alrededor del lago: las casas se sostienen sobre columnas encima del agua, los niños se bañan en el río y te llaman para jugar con ellos, las mujeres lavan la ropa y se lavan el pelo bajo las columnas de sus casas, los pescadores venden su pesca sobre el mercado flotante… Y como en el resto del país, la religión está siempre presente, con templos y pagodas alrededor del lago. También es una región donde se encuentran gran cantidad de flores de loto, y vale la pena visitar los talleres donde podemos ver la confección artesana de fulares de seda de flor de loto.

Muchos dirán que Myanmar no es un destino interesante, porque su atractivo se centra en visitar templos. Y sí, es cierto, Myanmar es templos, pagodas, monjes, plegarias… Pero pocos lugares hay en el mundo donde se palpe de esta manera la pureza de sus gentes y la autenticidad del misticismo.

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